El compromiso adquirido por la Unión Europea en el Acuerdo de París supone que para el año 2050 tendremos que haber descarbonizado completamente nuestros consumos energéticos.

José Donoso

José Donoso, Director General de UNEF

La amplitud del objetivo hace que, si de verdad hay voluntad política para alcanzarlo, será necesario implementar importantes reformas estructurales no solo en el sector energético, sino también en el sector económico y en el conjunto de la sociedad. Frecuentemente se menciona la posibilidad de que sea necesario un pacto de Estado para su implementación, pero sería más necesario un auténtico Pacto Social. El éxito en la lucha contra el cambio climático no dependerá  de la posibilidad o no de poder disponer de importantes fondos, sino solo si todos, gobiernos, instituciones, empresas y ciudadanos interiorizan en su proceso de decisiones la variable “repercusión en el cambio climático” como una variable determinante.

En este contexto el autoconsumo energético lo tenemos que entender, además de una forma de reducir los costes económicos, como uno de los modos en los cuales los agentes sociales pueden ejercer su corresponsabilidad en la consecución de este objetivo.

Detrás del autoconsumo no hay grandes números, por sí solo no va a resolver el cambio climático. Con un autoconsumo liberalizado, sin barreras económicas o administrativas, pero también sin incentivos, el tamaño máximo anual que se podría implantar en nuestro país sería de 250 MW.  Sin embargo, además de ser una vía de desarrollo tecnológico hacía el futuro próximo de ciudades o islas inteligentes, tiene una alta carga simbólica por este ejercicio de corresponsabilidad. Por lo que poner barreras al autoconsumo es ponerlas a alcanzar los objetivos del acuerdo de París.

El argumento más utilizado en su contra  es el que afecta a la sostenibilidad del sistema eléctrico. Argumentación insostenible, ya que en ese escenario de máximos, 250 MW supondrían una pérdida de ingresos para el sistema del 0,02%, porcentaje a todas luces insuficiente para representar ningún tipo de riesgo.

Descalificado este argumento y el de la insolidaridad económica entre los autoconsumidores y los que no lo son, ya que el saldo neto es positivo para todos los consumidores por el efecto depresor sobre los precios del pool que tiene el autoconsumo, el “nuevo “ argumento se basa en afirmar que el autoconsumo produce una “distorsión” en el mercado.

Entrar  a discutir si el autoconsumo produce una distorsión o no en el mercado, sería admitir el marco conceptual de sus oponentes. Un marco conceptual que antepone una supuesta perfección del “mercado” sobre la lucha contra el cambio climático. Presentando un modelo de mercado anticuado, anacrónico con los nuevos mix energéticos que se están empezando a configurar, desarrollado en los años 80 del siglo pasado como el único modelo posible. ¿Es distorsión del mercado el que se deje de ingresar 4,1 millones de euros al año por el autoconsumo, pero no lo es que en una hora como la de la tarde del lunes 30 de octubre los consumidores tengan que asumir un extracoste de 4,3 millones de euros por el funcionamiento del susodicho mercado?

Realmente el autoconsumo, al no solicitar subvenciones ni primas es mercado, es la competencia entre dos diferentes modelos eléctricos. Al ponérsele barreras realmente se están poniendo barreras al libre mercado.

Además, en contra de lo que establece la reciente sentencia del Tribunal Supremo, el autoconsumidor sí contribuye a los costes del sistema, exactamente igual que cualquier otro consumidor que lo utilice en la misma medida que él. Cuando se introduce una barrera económica lo que se hace es que exigirle una contribución mayor que la de cualquier otro consumidor.

Por ello, esta es una cuestión de principios. El principio de luchar contra el cambio climático, el principio del libre mercado y el principio de no pagar por lo que no se utiliza. Y en los principios no hay términos medios.

Artículo publicado en ElDiario.es